Salir de las Catacumbas

Photo by Dario Veronesi on Unsplash

La religión es el Estado

La Roma politeísta e imperial desde Nerón hasta Constantino persiguió a la secta cristiana, rebelde e ilegal para asesinar o hacer apostatar de sus creencias so pena de ejecución a los seguidores de un carpintero palestino. El Estado era la máxima autoridad moral y religiosa y ninguna superstición era bienvenida.

El monoteísmo cristiano chocó de frente con el sincretismo romano. Los cristianos fueron acusados de apátridas y traidores al bien supremo del imperio y su expresión religiosa pública.

La respuesta de la hermandad de sediciosos fue ocultarse en lugar de enfrentar una inevitable derrota contra el poder político y militar del imperio más vasto que la historia conoció. Prudencia y confianza regularon los intercambios furtivos de los creyentes, los seguidores de ese hombre llamado el Cristo.

¡A los leones!

Transcurre el Siglo II en la campiña italiana. Es un domingo de una noche de invierno cerrada, sin luna. No hay antorchas en las calles. Solo los albores de Roma en la lejanía. Hace frío y nieva. Todo es oscuridad completa y absoluta penumbra. El hogar de la casa calienta y alumbra. La familia está reunida alimentándose sentados a la mesa. El padre quiere salir hacia las catacumbas. Todo alrededor lo invita a quedarse encerrado. No es necesario salir, alguien le contará al día siguiente quién habló y qué dijo. Es mejor quedarse en la comodidad del hogar dominical.

El padre de familia, sentado próximo al calor de la chimenea, rumia sobre las inquietudes que lo desvelan mientras transita lenta y cálida la noche. Se pregunta para sus adentros ‘¿Vale la pena salir? ¿Para quién lo haría? ¿A quién sirves? ¿Qué es la verdad?’ Esas preguntas lo cambian todo y lo hacen despertar al vuelo de la modorra del calor y la comodidad. Debe ponerse en camino, salir de su casa, de sí mismo e ir más allá del frío, la nieve, de la oscuridad y de la incertidumbre.

El camino es la Vía Appia. Ser aprehendido tiene una consecuencia inexorable, ser devorado por las fieras en el Coliseo.

Resurgir desde la tierra

Cada persona necesita volver a la tierra. Es necesario hacerlo voluntariamente antes de ser llevado por los seres queridos en un cajón fúnebre. Volver a la tierra es regresar al origen. Reiniciar desde el principio requiere humildad (humilis que a su vez proviene de humus, tierra). Pareciera que las personas tienen que embarrarse de humildad para encontrar respuestas desde la tierra, la única e inmutable verdad que habla desde abajo, y encaminarse sobre ella con mirada confiada y pequeños pasos.

El varón y la mujer fueron paridos desde la tierra. El hijo de Dios nació desde las entrañas de la Tierra, entre ganado y rocas. Si los primeros padres y Dios salieron de la tierra ¿no es acaso una manifiesta razón para renacer desde la humildad?

Renacer no es solo sentir con los pies descalzos la caricia de la hierba empapada, sino voluntariamente enterrarse por completo en la tierra. El que quiera resurgir precisa quererlo con alma, vida y corazón. Para lograr la purificación, la limpieza total de los errores, tendrá que primero ensuciarse por entero. Habrá de ir a fondo, sin guardarse nada ni escatimar esfuerzos.

Catacumbas

El destino es el Cielo, pero el principio parece estar en el camino desde y hacia las catacumbas. El camino no está exento de riesgos y peligros. Fieras salvajes, ladrones y asesinos y soldados romanos pululan por el mundo intermedio entre las entrañas de la Tierra y las puertas del Cielo.

El mundo siempre fue peligroso para unos u otros. El péndulo no deja de moverse de aquí para allá. El que está a salvo hoy puede estar en peligro mañana.

Pero cuando una persona está al servicio de la misión vital, de la verdad, no teme nada y se encamina resuelto en el deber. Pero ¿qué es la verdad?

Confianza

El hombre fue perdiendo la confianza de antaño de que Dios ve cada cosa que hace, por pequeña que sea. Dejó de creer en el proceso para centrarse en el resultado. Ya casi nadie quiere dar la vida por un trabajo (o un ideal) que tal vez nunca verá terminado durante su vida. Pocos se presentan día a día a trabajar en algo que los sobrepasa y quizás no entienden. Hacer sacrificios personales sin esperar reconocimiento día tras día ya dejó de ser una opción de vida.

Presentarse en un trabajo que nunca verán terminado, por algo en el que sus nombres no aparecerán. Ya quedan muy pocas personas dispuestas a sacrificarse por algo más allá de ellos mismos. Muy pocos.

Queda una certeza para los que todavía creen. Dios dice: ‘Yo te veo. No eres invisible. Ningún sacrificio es demasiado pequeño para mí. Yo veo todos y cada uno de tus ínfimos esfuerzos y sonrío con cada uno de ellos. Veo cada lágrima, cada sonrisa, cada fracaso, cada alegría’.

Vivir es construir algo que va más allá de uno mismo, de la propia existencia, que no se terminará durante los años en la Tierra. Pero si cada persona lo construye y lo hace bien, disfrutando el proceso, Dios dirá: ‘¡Qué bien, amigo! Yo viviré allí contigo.’

Humildad, volver a la tierra, resurgir desde ella como un baño espiritual, siempre es y fue la respuesta. ¿Para quién trabajas? ¿Para quién te sacrificas? Para la verdad.

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Writer. Pic of abuelo (c.1930)

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Pol

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