La fuente de la gracia para ser siempre joven está adentro

Photo by Amador Loureiro on Unsplash

Yo quise ser siempre joven. No quería morir, de hecho, me aterraba pensar en ello. También quería que mis seres queridos estuvieran siempre saludables y no murieran. Pero la brutal realidad me demostró que eso era imposible.

Además, no quería sufrir ni tener enfermedades, pero tampoco quería eso para mis afectos. Padecí dolor y sufrimientos, vi morir a prójimos cercanos de cariño y lejanos de vínculo, aguanté las desgracias ajenas y propias llorando con ellas.

Como miembro de la raza humana la maestra Historia me enseñó que nadie permaneció ni permanecerá eternamente rozagante y vivaz. ¿Entonces por qué yo y tantos otros tenemos ese deseo de no morir tan arraigado en nuestro interior? ¿Absolutamente nadie vive para siempre?

Tenemos ese deseo universal de no morir y vivir para siempre, aunque parezca imposible e increíble, porque es viable no morir jamás. Para ello no es necesario hallar la mítica fuente de la juventud para bañarse en ella o beber de sus aguas y reverdecer. Tampoco es necesario usar a la inversa la máquina adivinadora de Zoltar con la que interactúa Tom Hanks en Big diciéndole: ¡Quisiera ser joven!

No hay pócimas, ni flores mágicas, ni cabellos brillantes, ni aparatos para lograr lo imposible. No existen fuera de la ficción esas alternativas, pero existe otra forma en la realidad para renacer sin importar la edad que se tenga.

Un experto nos enseña cómo lograrlo. Se llama José, un frailecito del siglo XVII que vivió en un pequeñito pueblo de Italia. Hizo esa localidad popular mucho antes de que el mundo conociera la palabra Cupertino con la marca Apple.

Rezar, no cansarse nunca de rezar. ¡Qué Dios no es sordo, ni el Cielo es de bronce! Todo el que pide, recibe+

Algunas personas como él ya encontraron hace unos siglos la surgente real de la vida eterna. Sigue en el mismo lugar. Se accede por algunos caminos que permanecen ocultos a la mirada superficial y banal de los transeúntes mundanos.

La eternidad no tiene tiempo, por eso no importa la edad en que la encontremos. La inmortalidad no tiene antípodas, como tampoco la tiene la vida: se nace y se muere, y una vez muerto, o se vive para siempre feliz, o se sufre una infinitud de infelicidad.

No es posible detener la juventud, pero es posible recobrar la inocencia y simpleza de la infancia. La fuente de la eternidad no es un lugar, es un proceso cuyo primer paso es rezar. Ese primer paso, insignificante y pequeño, lo consigue todo y más.

Cada uno es Beth Hesda*, solo basta creerlo.

  • +San José de Cupertino
  • *Etimológicamente ‘Casa de la gracia’

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Writer. Pic of abuelo (c.1930)

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