Escalar un árbol

Photo by Annie Spratt on Unsplash

Cuando era niño pasaba días enteros escalando árboles. Quería llegar al pináculo, pero el proceso fue lento y progresivo porque tenía miedo. Detrás de mi casa había unos robles viejos, una fila de siete, uno al lado del otro. ¿La altura promedio? Unos 15 metros. Para el niño que fui eso era casi como tocar el cielo con las manos. Frente a esa pared de árboles estaba nuestra casa que cruzaba el terreno casi de punta a punta y no dejaba ver el portón de ingreso. Quería ver la entrada de la casa desde la copa de los árboles, pero para eso tenía que superar con coraje mis miedos.

Después de varios intentos fallidos subí a lo más alto de cada roble. Miraba desde allí las casas y el mundo que estaba debajo. La perspectiva era nueva y enriquecedora, pero al mismo tiempo aterradora para mis infantiles 4 o 5 años.

Quería escalar árboles por el placer de escalar árboles. Mi objetivo era llegar a la punta más alta del ancho tronco inicial que iba afinándose hasta ser casi una ramita. Una vez allá arriba pasaba largo tiempo contemplando al mundo de abajo, el volar de los pájaros en la proximidad, el viento que me acariciaba y mecía, las diminutas personas a lo lejos. Gritaba a mis padres desde las alturas, ellos venían gritando preocupados para que bajara.

Una vez abajo tenía que soportar una larga reprimenda por mi osadía, por no sopesar el riesgo que tenía escalar esos robles añejos. “¡Te puedes caer!” “Lo sé”, repetía cada vez que lo hacía. A la undécima vez que me vieron en la altura de los robles menearon la cabeza con descontento, pero a su vez con una mueca de aprobación. Era un ser salvaje, indomable y explorador que encontraba una felicidad desconocida allá arriba en la altura de los árboles.

Escalar un árbol en general, y a esos inmensos robles en particular, requería al menos:

  • Curiosidad: quería saber cómo sería el mundo desde las alturas. Anhelaba una nueva perspectiva.
  • Esfuerzo: no era fácil escalar. Los raspones, cortaduras, pinchazos y quemaduras eran solo algunas de las cicatrices de la aventura.
  • Fracasos: tuve que rendirme muchas veces antes de empezar, e incluso una vez iniciada la escalada. Fue frustrante y triste al principio.
  • Negociación: cuando no me rendía tenía que negociar conmigo o con mis amigos para continuar con la subida. Proponer desafíos, anticipar expectativas, realizar apuestas e incluso atar trozos de lana a alguna rama que marcara el avance del proyecto.
  • Humildad: la naturaleza era casi infinita y esos robles eran creaturas casi mitológicas. Inmensos gigantes tranquilos que soportaban mi pequeñez. El más mínimo resbalón o falta de cálculo implicaba algún hueso roto, varios moretones e incluso lo peor. Yo no era nada entre aquella vastedad de majestuosidad.
  • Alegría: cada paso ganado era motivo de celebración. Cada metro ascendido era una etapa superada. Cada rama partida sin caerme era un mérito. Cada nueva perspectiva era una novedad que me regalaba una sonrisa. La cresta, un escondite para reflexionar y una razón para sonreír.
  • Superación: ‘En el arte de ascender lo importante no es no caer sino no permanecer caído’. Llevó su tiempo, pero esos robles fueron conquistados, uno a uno, paso a paso, día a día. Aún hoy los veo ya viejos, pero incólumes. Majestuosos y silenciosos, moviéndose, riéndose con el niño que fui y el hombre que soy.

Hace tiempo que no escalo árboles. Muchos años, debo confesar. Lo extraño y lo necesito. Pero entonces ¿por qué no lo hago?

No escalo árboles

  • Curiosidad: Porque perdí la curiosidad infantil de lo simple. Miro hacia adelante buscando siempre la próxima innovación y me pierdo de la profunda novedad de lo sencillo anterior.
  • Esfuerzo: Porque mi cuerpo cansado y pesado tendría que esforzarse mucho más que el niño de 4 o 5 años que fui para subir a esos robles. Además, mi peso se ha multiplicado por varias veces y esas ramas generosas con los niños no lo serán con los adultos.
  • Fracaso: Porque el fracaso sería exponencialmente mayor: ¿cómo el hombre que soy no puede superar al niño que fui?
  • Negociación: Porque las negociaciones serían mucho más arduas, con innumerables argumentos a favor y en contra, posiblemente superando en lógica y cantidad… los argumentos en contra de escalar árboles en la cuarta década de mi vida.
  • Humildad: Porque me volví más orgulloso. Si sé que no voy a poder hacer algo de antemano ¿para qué lo voy a hacer? Ese comportamiento práctico, moderno y cómodo es el combustible del motor de mi soberbia.
  • Alegría: Porque lo que me alegra no es lo simple sino lo elaborado. Porque la alegría infantil es, con mis prejuicios, signo de inmadurez.
  • Superación: Porque prefiero divertirme con alcohol en lugar de alegrarme con naderías infantiles. Allí sí fui superando cada valla de temor, no con talento sino con desvergüenza.

--

--

Writer. Pic of abuelo (c.1930)

Love podcasts or audiobooks? Learn on the go with our new app.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store